5 de agosto de 2011

Violencia policial en Madrid - España se encamina hacia una nueva dictadura


Llevo tiempo indignado. Pasé una noche en Plaza Catalunya, en Barcelona, ayudando en la comisión de infraestructuras, la famosa noche previa al día de reflexión pre-elecciones autonómicas en que nos tenían que echar. Al final no fue así, supongo que gracias a la multitudinaria respuesta obtenida y a la fuerte convicción de la ciudadanía de que las cosas podían cambiar. Ha pasado un tiempo y las cosas sólo han ido a peor, y eso se demuestra con lo que está sucediendo desde hace unas noches en la capital del país, que parece que esté bajo un estado de excepción encubierto.

Incapaz de permanecer callado por más tiempo, he decidido usar el arma que tengo a mano y que más domino, la escritura, y rescatar a Daniel García, el superhéroe de mi novela Hoy me ha pasado algo muy bestia, y hacerlo aparecer tres años después en Madrid, en un relato basado en lo que sucedió ayer en la plaza Cibeles. Espero que os guste y os anime a luchar por lo que es justo, en la medida de vuestras posibilidades, y no por lo que ellos quieren hacernos creer que es justo.


Viernes, 5 de Agosto de 2011, 19:05
Violencia policial

«¡Vergüenza!  ¡Vergüenza!», coreaban, a gritos, miles de voces indignadas alrededor de la Cibeles después de la primera carga policial. La mía estaba entre ellas, pero no tenía claro que alzando la voz la cosa fuera a mejorar. Los policías, anónimos sin sus números de identificación, con sus uniformes, sus escudos y sus porras no parecían hacerse eco de nuestras palabras. Al contrario, parecían infundarles aún más valor y agresividad. Aunque claro, ellos podían ser valientes; se enfrentaban a gente desarmada y no violenta. «¡Sóis como nosotros!», gritó una chica cerca de mi posición. ¿Realmente lo eran? En momentos como aquél parecía inconcebible que debajo de esos cascos existieran personas como nosotros, trabajadores y gente del pueblo a la que también ahogaban las hipotecas y los impuestos. Más bien parecían robots sin capacidad de razonamiento. Autómatas al servicio de un estado democrático que cada vez lo parecía menos.
Ya llevábamos casi tres años de crisis, la cosa cada vez pintaba peor y el Gobierno se limitaba a discutir con la oposición (cómo no) y a estrangular al pueblo. El paro había superado el 20% hacía meses y la ciudadanía, gente de todo tipo y condición, harta de escuchar las mismas excusas por parte de los responsables, decidió que había que hacer algo. Y entonces empezaron las manifestaciones y las acampadas por todo el país. El Gobierno, pensando que aquello que había nacido un 15 de mayo que ya parecía lejano sería flor de un día, no prestó atención y siguió con sus tejemanejes, ignorando la voz del pueblo al que supuestamente representaba. Total… Ellos no tenían que apretarse el cinturón. Aunque perdieran las próximas elecciones, nada les preocupaba. Ya se habían ganado su vergonzoso sueldo vitalicio los muy cerdos…

De repente, la gente empezó a retroceder otra vez a mi alrededor, y los gritos de advertencia y de dolor y los pasos apresurados, junto a los golpes secos de las porras llegaron pronto a mis oídos. Esa noche no me había puesto mi pasamontañas, ni llevaba mis post-it ni la cinta americana que me habían acompañado a lo largo de los últimos años de lucha contra el crímen. Si hacía algo corría el peligro de dejar de ser un ciudadano anónimo, de que se descubriera mi alter ego. Mi mente trabajaba a toda velocidad mientras los metros que me separaban de la carga policial disminuían con rapidez.

Los medios de comunicación estaban comprados, acobardados, amenazados o las tres cosas a la vez. En ningún medio importante se hablaba de aquellas noches de agosto en Madrid. Y digo noches, en plural, porque la de ayer no había sido la primera. Las calles y plazas de Madrid llevaban tomadas por la policía cerca de una semana, impidiendo la libre circulación de la ciudadanía y arrestando a quién les parecía. Aquella situación al principio incomprensible pronto se convirtió en algo digno de un sueño alucinógeno o de la trama de una de aquellas novelas distópicas estilo «1984» o «Un Mundo feliz». Para cruzar una plaza había que enseñar el DNI a los agentes y, según les parecía, podías o no acceder a ella. Incluso se llegó a dar el absurdo caso de dejar pasar a una madre pero no a su hija. Aquello era el sueño de un Gobierno demente, y había que pararlo como fuera. ¿Dónde había quedado la tan cacareada democracia? ¿Dónde habían ido a parar los derechos del ciudadano? Probablemente a los bolsillos de los poderosos, junto a todo el dinero que nos han estado robando estos últimos años.

«¡Estas son, nuestras armas!», gritaban los ciudadanos a mis espaldas, con las manos en alto, abiertas, vacías. A su vez, los agentes levantaban las suyas y descargaban sus porras con fuerza contra todo aquel que se pusiera a su alcance, ya fuera joven o anciano, hombre o mujer. Aquello no era justícia. No la justícia que merecíamos, al menos. Mientras la clase trabajadora recibía cargas policiales, los responsables de aquella crisis (banqueros, constructores, políticos) probablemente disfrutaban de unas lujosas vacaciones bien lejos de Madrid. Cuando regresaran todo habría terminado, debían pensar mientras daban un sorbo a su cóctel, si es que por un casual se habían enterado de lo que estaba sucediendo en la capital de España.

Un golpe en un costado, que apenas sentí, me hizo volver al presente. Estaba en mitad de la calle rodeado por cinco o seis policías que me gritaban que regresara a la acera. Una voz de entre la multitud de ciudadanos indignados, a mis espaldas, me gritó que saliera de allí, pero antes de poder dar un paso uno de los agentes levantó su arma y la dejó caer con ganas sobre una de mis piernas. Y, en ese momento, la rabia acumulada por tantas injustícias me embargó y tomé una decisión. Me había dejado de importar dejar de ser anónimo, que se descubriera quién era yo en realidad. ¡A la mierda mi alter ego! Aquella causa, aquellas personas normales, valientes, decididas, que tanto habían luchado porque las cosas mejoraran, merecían que alguien luchara a su lado y demostrara a los poderosos del mundo que el pueblo no les temía.

El policía que me había dado con la porra se quedó mirándome, boquiabierto, los ojos como platos. Probablemente era la primera vez que veía a alguien resistir un golpe como aquél sin caer al suelo. Encaré a sus compañeros mientras se desplegaban a mi alrededor, empuñando sus armas. Gritos a mi alrededor, de ciudadanos preocupados, me pedían, incluso me imploraban, que lo dejara estar, que retrocediera. Otros ciudadanos y algunos periodistas, más prácticos, enfocaban sus cámaras y móviles y grababan la escena. Todo estaba dispuesto. Ya podía empezar el espectáculo.

—Rendíos —dije mirando a los policías con tranquilidad, y les sonreí.

Se miraron perplejos durante un segundo y uno de ellos asintió a continuación. Luego empezó la lluvia de golpes, ya no sólo con las porras. Pude sentir en mis piernas las puntas de hierro de sus botas y en mi torso algunos puñetazos. Pero no consiguieron tumbarme. Intentaron agarrarme pero yo me limité a apartarlos, como si fueran niños pequeños. Probablemente pensaron que iba drogado, y cuando otros agentes se sumaron al intento de reducirme, minutos después, decidí que ya había material de sobra para que la gente viera lo que pasaba en Madrid aquellas noches de verano. Aparté con fuerza a aquella turba de malnacidos y me volví hacia las cámaras; quería que captaran bien lo que aquellos «defensores del orden» habían hecho con un ciudadano que ni siquiera se había resistido. Luego, de un salto, me alejé del lugar y empecé a correr calle abajo. Nadie podía seguirme a aquella velocidad.

Ahora, mientras escribo esto, sigo indignado por lo de ayer y por lo que lleva sucediendo desde hace tiempo. Pero también por la pasividad de una gran parte de la ciudadanía de nuestro país. ¿No se dan cuenta de que, de seguir las cosas como hasta ahora, todos excepto una pequeña minoría, las vamos a pasar canutas? ¿No se dan cuenta de que esta crisis deberían pagarla los que la crearon? ¿No tienen amigos y familiares que no pueden pagar sus hipotecas, o que tienen que ir a comedores sociales o vivir de la caridad? ¿De veras no se dan cuenta de cómo de jodidas están ya las cosas? ¿Qué hace falta para que el país entero reaccione de una vez? ¿Muertos en las calles de Madrid una noche de verano?

Yo, por mi parte, volveré esta noche a sumarme a mis conciudadanos indignados, con la esperanza de que cada vez seamos más y de que podamos cambiar el rumbo de los acontecimientos antes de que sea demasiado tarde. Mis heridas han desaparecido y estoy como nuevo, dispuesto a dar más imágenes como las que se pudieron grabar ayer y que hoy sólo he visto a través de Youtube. Espero que los medios de comunicación de nuestro país recuperen el valor que les falta y muestren de una vez lo que realmente está pasando. De ellos depende. De vosotros depende.

5 comentarios:

JESÉ dijo...

Magnífica intervención de tu súper héroe como indignado.
Este relato lo podrías adaptar para uno de los siguientes tomos de tu saga. El capítulo podrías llamarlo "Un súper héroe indignado".

Antonio Moreno Moreno dijo...

Hola Daniel, magnifico relato. tienes un bonito blog. Espero leer pronto tu novela.

Daniel Estorach Martín dijo...

Muchas gracias, Jesé y Antonio.

Celebro que os haya gustado :)


Un abrazo.

Alejandro Castroguer dijo...

Bravo, Daniel, es que me imaginaba es este super-indignado en mitad de la pasma y me he tenido que reir (al mismo tiempo maldecía la cobardía de los que dicen seguir órdenes de sus superiores).

Gracias por el momento. Un saludo desde la casa deshabitada.

Rosg. dijo...

Cuantas veces no habremos deseado poder ser un superhéroe o tener uno a mano para poder arreglar injusticias.

Nunca olvidaré un día en Roma en que se manifestaban miles de personas reivindicando no se qué. Iban rodeados de policías escondidos tras sus cascos; en un momento dado un grupo de ellos se unió a los manifestantes y así hasta hacerlo la mayoría, los demás se limitaban a mantener el orden pacíficamente.

¿Qué les enseñan a los "mantenedores del orden" para que no comprendan que ellos también son pueblo y por lo tanto tambien les "chulean"?

Saludos cordiales

Zara Rosa García